Días enteros en las ramas

Lo que más sorprende de la aventura de Cósimo Piovasco di Rondó no es haberse encaramado a una encina del parque de la casa paterna para no volver a bajar nunca más de las alturas ni sentir nostalgia por la sensación del suelo bajo los pies. Ni siquiera resulta sorprendente –para nosotros, los que, como decía Cortázar, “vivimos nuestra vida”– el impulso, que en un principio, a una mente distraída como la de cualquiera de nosotros, puede parecer irracional. Me refiero a la causa, que no deja de ser casual, y que Cósimo, en El barón rampante, eleva a condición sobre la que más tarde edificará su propia terca condición rampante: no quiere comer caracoles. No quiere.

Nigro y El Rampante, en los dados de Piro.

[por G.Piro en Nación Apache]

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