Trillizos

Venimos al mundo en un solo saco. Una bolsa de dormir bien surtida con lo indispensable para un viaje de retiro.
Si quedara algo de memoria luego del trauma sumaríamos otro a la pérdida de nuestra bolsa de viaje. Un pánico inconsciente por el arrebato de la guarida, del dispositivo materno.
Cabe imaginar la gresca entre los nacidos múltiples, las confusiones sobre el dominio y toda especulación que acompañe al ser humano una vez que ha sido despedido al mundo incontinente para apropiarse de los objetos.
Ese temor se convirtió en fiereza para unos perros trillizos llegados a la villa en un cuadro de calamidad. Muerta la madre en el parto, una mestiza constantemente en celo, los tres cachorros se fueron criando golpe a golpe sobre la calle, bebiendo el agua de la zanja, masticando desperdicios y uno que otro cristiano al pasar.
Con los meses de experiencia urbana se fueron embraveciendo a costa de asaltar alguna bolsa de mercado, robar trofeos de la huída como chancletas y tumbar ciclistas en la oscuridad de la madrugada.
Hay que matar esos perros.
La voz de la cuadra sentenciaba, pero los tipos continuaban gruñendo en círculo, con las colas en el centro y las fauces amenazando una zona de veda de unos dos o tres metros. Una forma perfecta de resguardar la integridad.
En esa época llegaba al barrio ya desvelada y de un largo viaje desde Ciudad Universitaria; con otros temores peores como el de ser atacada por algún extraño, hecho que ocurrió con saldo a mi favor lo que demuestra esta serie de párrafos y aconteceres triviales.
Mi madre, muy asustada, tanto como yo, decidió esperarme cada noche en la esquina donde me depositaba el colectivo, con un fierro debajo del ponchito cordobés que alguna hereje le obsequió en aquel invierno.
Esa era Elénica. Todavalor. El verdadero valor que mide las consecuencias del arrojo.
Y así, cada noche Enca, el poncho y el fierro.
Los perros no nos dieron corte hasta ese día, tal vez por mi cargamento multiforme de maquetas, escuadras y rollos de papel espejado. Pensando en ello, ese muñeco sospechoso, sobrecargado, debería proyectar una siniestra sombra nocturna.
Y llegaron a la carrera loca, en un gruñido espeluznante, rodeándonos inmediatamente y paralizándonos allí.
La vieja repetía: Silbá, sino te olfatean el miedo, vos silbá.
Nunca resultó. El área de veda se reducía proporcionalmente. Mi espalda contra la de Elénica. Todo pavor. Momento de correr.
Ahora!
Y en ese instante, en un azar milagroso relacionado con la torpeza, el fierro zafó de la mano de Enca para estrellarse y rebotar contra el suelo.
El tintinear se mezcló con los aullidos de espanto e irradiados por el efecto sonoro, los tristísimos mastines emprendieron la retirada.
De lejos parecían no tan homogéneos, no tan peludos, sí algo más flacos e indefensos.

3 Responses to Trillizos

  1. miss says:

    aplicable a tantas personas éso de andar a los tarascones por la vida de puro desprotegidos…insisto en que silbar para darse coraje me parece más saludable, pero hay quien prefiere mostrar los dientes.

  2. Vero says:

    ¿Sabés que pienso? Que por ahí a ella sí le resultaba lo de silbar porque le sacaba el miedo. A vos por incrédula no te hacía efecto. Es así nomás: creer o reventar (a mordiscones).

  3. Silvia Sue says:

    Pero yo lo que siempre me pregunté es si eso del olor del miedo es cierto.

Leave a Reply

Please log in using one of these methods to post your comment:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: