La construcción de la Gran Muralla

Qué lindo es mi viejo. Me asombra decirlo.
Hace un instante en chistes telefónicos, cotizando el kilo de bronce o cobre para comprar puchos. El viejo se jubila y no tiene para puchos. Con más cigarros en unos años estamos otra vez de hospital en hospital. Ya lo sabemos. Pero cómo le vamos a negar los puchos?
Me solidarizo con la causa del incauto, Inesa nos reprime.
Ahh… Luisito…
La historia es larga e incluye algún plan de intento de homicidio. Pero claro, cuando uno es chico, cualquier palabra o acto del padre es el acto. Toda actitud contradictoria covierte al progenitor en un carente de mérito inmediato.
Me ha llevado bastante tiempo entender que aquellos actos y palabras son mis mismas limitaciones, que no hay una educación paterna y que el hombre llega a la destinación sobre el otro, en el mejor de los casos, mediante la búsqueda y la decisión. La decisión de qué? Todo un misterio.
Lo único que sé es que la expectativa de mi viejo era no repetir los errores de su propio padre, un tipo cínico, brillante, autoritario, violento. Y luego las frustraciones de la vida lo llevaron por la misma senda. Curiosamente ambos comparten el humor.
Allá vamos con los genes malditos y las labores terapéuticas posdatadas.
El hombre en la familia parece seguir reclamando un espacio para sí mismo. La casa, las obligaciones y rigores del fuerte, los métodos del equilibrio que cohesionan la familia son una bolsa sobre el hombro que no dan lugar.
Entiendo esto y seguramente sentiría lo mismo. Mejor dicho, es un hecho. Tengo dos familias. Me preocupan y ocupan cinco comeres, vestires, padeceres y sentires humanos. La responsabilidad sobre alguien modifica la existencia terriblemente. Ya quisiera ser un vago bebedor, despreocupado, viviendo de geografía en geografía.
No tengo opción. Y esto también es una mentira. Pero me pregunto qué es lo que motiva que cada día continue eligiendo lo mismo. Sí, sí, el amor y bla, bla, bla.
Algo del carácter masculino opera en mí.
Tal vez las mujeres vagamos erráticas, hormonales, algo entongadas, porque asumimos el plan de cohesión familiar que hace que las cosas funcionen (fregada, abrazo, cocción, basicamente orden y por tanto belleza) y también ese espacio para uno mismo, añoranza de libertad en la propia vida.
Articular todo esto, es la misma bolsa sobre el hombro, cuesta arriba, en una estrategia textual de coherencia, donde los dolores menstruales suelen ser grandes y agotadores, pero no hay lugar para detener la marcha y hacerse a un costado.

Chino, ahí tienes tu muralla. Perderás la vida en ello, pero orgullosamente todos caminarán sobre tí, por desear esa llegada al otro lado.

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