Ars Magna

El conjuro es una pieza poética y su invocación la voluntad de intervenir los hechos a través de la palabra. En todo caso, el hechicero se volatiliza y la vibración de su decir afecta el estado de las cosas. Convierte el mundo invisible en manifiesto. Tal vez al escritor le ocurra lo mismo.
Usualmente en la estructura del hechizo intervienen nombres desconocidos, heterónimos que designan a una espiritualidad, entidad, energía desdoblada en un quehacer infinito de escritura. Lo extraño del caso es que existan tantas denominaciones como actitudes del dios componiendo su obra. El Islam reserva unos 99 nombres para distinguir las actitudes divinas.
Cuando el hombre aproxima su intento a lo inefable, pierde el rigor inspirativo de la dualidad entre el nombre y la cosa pero gana la posibilidad de imaginarlo. 
Mientras la deidad ocupa su episodio en innumerables haceres, al hombre se le reserva la única pero no menor experiencia divina de llamar a las cosas por su nombre. El bautizo representa simbolicamente tantas inscripciones como actos potenciales de creación. Entonces el hombre al escribir, siempre actúa por aproximación a su dios.

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