Primer cuento transformista de Inesa

Transcripto sin intervenciones.

NATACHA QUERIENDO SER MUJER 

Se miró en el espejo con fastidio y con gesto preocupado a la vez. Recorrió con la vista el contorno del rostro mientras con la mano se alisaba el cuello deteniéndose unos segundos en la nuez de Adán.
Suspiró resignada, le dió una pitada al cigarrillo y tomó los cosméticos para empezar a maquillarse.
Cubrió con extremo cuidado todas las imperfecciones, jugó con los rubores sobre el rostro para suavizar y disimular ciertos rasgos y terminó todo su ritual con un suspiro.  De manera autómata tomó las llaves, el bolso y salió a la calle.
El café estaba en la esquina.  Esos cafés que han quedado congelados en el tiempo pero descuidado y casi sospechado de abandono si no fuera por los tres o cuatro clientes vitalicios de mirada sucia  y gesto sospechoso.
La Gorda la esperaba tomando el café con leche y medialunas.  Sumergía la factura con sus dedos regordetes en el líquido y luego hacía malabares con la boca para que el bizcocho húmedo no cayera dentro de la taza.
Cuando la vió en la puerta la cara se le iluminó con una sonrisa como si hubiera visto a su hermana de sangre.
– Natacha, que haces. ¡Vení, desayuná conmigo!
-No Gorda, gracias, ya me tomé un par de mates en la pieza y no tengo casi hambre.
-Che, flaca ¿qué te pasa que te noto tristona?
-Ya sabés…el raye mío me está pateando la cabeza otra vez.
-El tema ese de sentirte, che.
-Pero dejate de joder, si tenés todo lo que se necesita y a la final con tus clientes te la rebuscás requete bien. Siempre hacés más que yo.
-No gorda, mirá que te lo digo, te lo digo y no me entendés. No se trata de los tipos, con ellos está todo bien. Soy yo, gorda, soy yo que creo que no lo tengo, es lo que yo creo que se siente.  Cómo se siente ser mujer gorda?
-Ah… qué se yo.  Creo que me olvidé porque la primera vez que fué hace un montón y de que no me enamoro hace una eternidad.  Cuando yo trabajo es sólo eso, trabajo… y me mareás che. Al fin y  al cabo yo nací mujer.
-Pero yo no…
-Te dije que preguntaras con las pibas de la pensión, que les hicieras una encuesta, como en la tele.
-Puras pavadas, si no tienen cerebro gorda. Las gilas sólo piensan en pibes y cumbia. No te saben hilvanar un pensamiento detrás de otro.
-Y bueno, si no encontrás la respuesta en las minas, buscala en los tipos…
-Si, justo gorda, de casualidad se dan cuenta si están con una mujer o no.
-Entonces…
-Entonces tengo que encontrar otro trava como yo que si lo haya pasado, que lo haya sentido, que no se sienta con un pie en cada lado como yo.
La gorda se puso seria, juntó sus labios rechonchos como si fuera a dar un beso en el aire.
-Entonces che, tiene que ser uno muy viejo, con mucha calle, mucho mundo, que haya vivido mucho.
-Sabés Gorda que a veces me sorprendés porque parecés así como muy bruta, como que nada te importa y de pronto me sacás unas conclusiones fabulosas.
-Y, no por nada soy una puta vieja. Y lo mejor todavía no te lo dije.  Tengo el trava ideal para vos.- le guiñó el ojo y luego soltó una carcajada olorosa a café con medialunas. 

La puerta de hierro negro, el timbre de bronce y la vereda estaban relucientes e impecables. Las pulseras le tintinearon en la muñeca de los nervios cuando llamó.
-Si, ¿quién es?
-Virginia, soy yo, Natacha, la amiga de la Gorda, quedamos en encontrarnos hoy.
-Por supuesto querida, pasá.
La casa, antigua, algo descascarada, pero arreglada con mucho empeño y notablemente limpia.  El clásico patio lleno de macetas con plantas extraordinarias, la vió venir desde el fondo de una pasillo y se quedó sorprendida. Esperaba ver venir un trava achacoso y arruinado por la mala vida, y en cambio lo que venía hacia ella como flotando era una elegante señora bien puesta y mejor producida, con una sonrisa que le iluminaba la mirada.
-Un gusto conocerte, querida. – la saludó con un beso en cada mejilla- Desde que enviudé no recibo mucha gente y a mi me encantan las visitas.
-¿Desde que enviudó? ¿Pero Ud no es…?
-Travesti?  Por supuesto que sí, y de los primeros que hubo en el país. Pero vení, mejor pasemos a la sala, preparé un té y una torta galesa que es mi especialidad.  Tenés tiempo no?
-Por supuesto.
La sala no podía ser más ecléctica y contrastaba notablemente con el orden exterior. Aquí y allá amontonados y apilados como en la tienda de un anticuario había objetos insólitos tanto por su antigüedad como por su origen.
-Parece que Ud. realmente viajó mucho.
-Todo lo que pude, y a cada lugar al que fuí dejé un pedazo de mi alma, me enamoré de los lugares, de la gente, de las costumbres y de todas partes me traje algo significativo, importante; un intento algo desesperado de que no se te borren esos momentos de la memoria.
-Virginia, disculpe si soy impertinente, pero le aseguro que la confundiría con cualquier señora de Barrio Norte.
-Me halagás corazón y ese reconocimiento siempre me moviliza a pesar de que ha pasado mucho tiempo ya…
Guardó silencio mientras se servía el té y le acercaba su porción de torta.  Todos los movimientos y gestos de sus manos eran tan delicados y finos que Natacha sintió por unos instantes estar como en una especie de trance místico, a punto tal que casi dio un respingo cuando Virginia recomenzó su díalogo.
-Sí, como te decía, conozco el efecto que provoco, fué hace muchos años ya de la primera vez que lo sentí y fue cuando conocí al hombre con el cual compartí mi vida.   Increíblemente cualquier comentario que me hacen al respecto gatilla un montón de hermosos recuerdos y sensaciones. No siempre fue así.
-No?
-Por supuesto.  Yo también supe ser un lamentable remedo de mujer, una imitación, una copia, un disfraz.  Sentía una gran frustración porque no podía estar ni en un mundo ni en el otro.  Por eso me embarqué.
-Cómo que se embarcó?
-Si, me hice marinero… o marinera. Bueno, me embarqué y tuve suerte porque nadie me molestó por mi condición.  Tenía un buen capitán, una de esas extrañas personas de espíritu libre y criterio amplio. No paré de viajar y en oriente lo encontré.- Estiró su delgada mano hacia una mesa detrás suyo, y detrás de una lámpara Tiffany  retiró una delicada caja de cristal que colocó en medio de las tazas de té. Dentro de la caja, Natacha pudo ver un pequeño almohadón de seda bordada color rojo y dorado, y sobre él, un corazón de piedra verde, surcado de finas líneas rosadas.  El artesano había tallado muy finamente la pieza y había reproducido al detalle la anatomía de un corazón humano.
-Es de jade, y es chino.
– Es increíble, es muy pequeño y tan realista.
-Si, el artista ha sido muy fiel y muy paciente. Yo estaba dando vueltas por un suburbio de Saigón cuando una casa de antigüedades llamó mi atención.  En realidad no había nada significativo en la fachada sólo me guió mi intuición.  Adentro me recibió el ser más viejo que jamás nadie haya visto. Una auténtica momia china.  Esta mujer me miró a los ojos y algo le gustó de mí y de la misma manera como yo te lo presenté me lo mostró por primera vez. Me habló en un perfecto español. Me explicó que había vivido los años necesarios y suficientes para conocer muchos idiomas y muchas culturas. Me contó que el corazón de jade llegó a manos de una emperatriz china gracias a un mago taoísta al que ella había protegido en varias oportunidades.  Esta emperatriz a su vez tenía como amigo y confidente a un eunuco que siempre le había demostrado su fidelidad lo que en una corte es demasiado decir.  La emperatriz le regaló al eunuco el corazón y éste sufrío un cambio sorprendente, aparentemente guardaba un secreto deseo en su interior que el hechizo escondido en esta joya activó.  No está demás decir que la anciana que me lo díó, bien pudo haber sido aquel eunuco.
-Por qué piensa eso?
-No habría adivinado el secreto deseo que yo encerraba dentro de mí.  La cuestión es que aquella anciana había encontrado a quién legar la joya, de la misma forma que finalmente yo te he encontrado a ti. Natacha sonrió como una niña pequeña a la que le regalan un juguete nuevo.
-Si Natacha, es para vos.  Eso si, con una condición, nunca más nos volveremos a encontrar, temo que el hechizo se rompa cuando vos te alejes de aquí con él y no desearía ver tu expresión cuando yo haya cambiado. 

Virginia la vió irse aferrada al regalo como quien se aferra a un salvavidas en medio del océano.  Volvió a la sala, se sirvió una taza mas de té y tomó el teléfono.
-Gorda, que tal corazón. Está hecho…si, estoy segura que resultó,  siempre resulta…..No, nadie se va a enterar de nada, un tesoro no se comparte con nadie…De nada Gorda,  favor por favor. 

La Gorda vió venir a Natacha como caminando en el aire, los ojos brillantes, los rasgos más finos y distendidos, mejor vestida y pensó:
-Qué maestra la Virginia. 

por Inés Berón

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